La fábula del oso soñador

La fábula del oso soñador

Esta vez venía de más lejos y el acuerdo de “quedamos en un punto equidistante” no había funcionado. Misita  decidió ir a su encuentro, a su país. ¿Y por qué no? ya desde hacía algún tiempo había estado recibiendo signos que le señalaban el sur… La ventana del autobús mostraba una secuencia de vistas panorámicas de postal pero que a fuerza de mostrar los mismos cultivos, colores y colinas perdían su atractivo. Decidió entonces escribir uno de esos cuentitos que a él tanto le gustaban:

“Érase una vez un oso que se consideraba la criatura mejor dotada del bosque. Había tenido relaciones amorosas- y otras que resultaron serlo menos- con casi todas las especies de animales del bosque, sin distinción de género. Algunos de sus amantes lo recordaban con nostalgia y suspiraban cuando hablaban de él, otros lo maldecían por no haber logrado seducirlo o retenerlo hasta la mañana siguiente.

Aunque pareciera no importarle, él sabía que sus preferencias se inclinaba hacia el sexo femenino, ni muy joven ni muy vieja, más del tipo sumisa-pero-no-tanto, sin mucho pelaje, un poco tímida y arisca en su estado normal pero que en período de celo se dejaba husmear por todas partes,  le gustaba que le lamieran el sexo y le mordieran el cuello. Pertenecía a esa especie de hembra que bajaba los ojos cuando sentía que la estaban mirando con demasiada atención pero que cuando era penetrada ” a lo humano” no dejaba de enterrar su mirada de placer mientras ronroneaba y te arañaba como una felina en calor.

Fue nuestro oso Eddy -tal era su nombre- un día al lago, cuando de repente, de detrás de un árbol, apareció una especie de primate de piel cobriza, lampiña, que caminó hacia él como fascinada por su pelaje color Coca-Cola. “Hola Eddy, por fin nos encontramos”.
-WTF ¿¿??…-se dijo nuestro oso, y sin preámbulo la hembra comenzó a olerlo, como si lo estuviera reconociendo después de una larga ausencia. “Mmmm…sigues oliendo tan rico…” le dijo. Eddy, por su parte,  se esforzaba por recordar dónde se habían ya encontrado, aunque supiera que ella tenía razón. Le parecía demasiado familiar para ser una intrusa.
“-¿No me reconoces? Soy tu fantasía, cuando sueñas con humanas.” ¡Pero claro, era ella!

Una descarga eléctrica atravesó la espina dorsal de Eddy. La veía nítidamente, rodeada de un aura diáfana que la hacía parecer una crisálida ambulante. Su aroma era floral, con un toque de canela, que  al final de cada rencuentro  le invadía  las papilas traseras de la  lengua y  cosquilleaba la nariz, aroma que demoraba, y que quería  conservar… boca, saliva… que ese picantico se quedara ahí eternamente ….mmmmm…

Como su piel y su miel. Qué decir de su miel, « alors,là, c’est toute une autre chose!” (¡Uff, éso, eso era todo otro cuento!)
Todo había pasado a alerta roja en su memoria gustativa y olfativa: el sabor de esa miel, su perfume…el entorno  brillante de este ente, los reflejos que se irradiaban desde los bordes y arcos y esferas de su cuerpo melcocha… Al instante, no hay más Eddy, emerge Edward… Eddy ausente, Edward presente, el que se posesiona y posiciona, de gestos  sofisticados y amanerados, no obstante presto a sacar las garras y arrancarte la cabeza de un tajo. La fantasía estaba al tanto de este problemita. Sin embargo lo conocía y controlaba las secreciones de acuerdo a las situaciones: más endorfinas, menos flor, más canela,  más pan horneado, que su ámbar exhalara un olor  casi infantil, como un recuerdo de infancia. Estas emanaciones las liberaba de manera aleatoria, para acrecentar el deseo,  propagándose en remolinitos de aire que envolvían a Edward, que  cuanto más iba probando, más ganas tenía de seguir lamiendo.
Podía lengüetearla hasta pelarla y degustar las minúsculas gotitas de sangre que yacían como burbujitas… la miel restante y el saladito  férreo sobre la piel, juntos, su erección completa, la urgencia por penetrarla. Y ella, preparándose a que pronto sería poseída, penetrada y devorada…¡y puff!, desintegrarse y descender  por el esófago del soñador de origen.”


La fable de l’ours rêveur

“Il était une fois un ours qui se considérait comme la créature la mieux dotée de la forêt. Il avait eu des relations amoureuses – et d’autres qui se révélèrent l’être moins – avec presque toutes les espèces animales de la forêt, sans distinction de genre. Certains de ces amants se souvenaient de lui avec nostalgie soupirant en l’évoquant, d’autres le maudissaient pour ne pas avoir réussi à le séduire ou le retenir jusqu’au petit matin.

Bien qu’il semblait ne pas s’en soucier, il savait que ses préférences penchaient vers le sexe féminin, ni trop jeune, ni trop vieille, plutôt du type soumise-mais-pas-trop, pas beaucoup de cheveux, un peu timide et farouche dans son état normal mais qu’en période de chaleurs se laissait renifler toutes les parties, qui aimait se faire lécher le sexe et mordre le cou. Elle appartenait à cette catégorie de femelle qui baissait les yeux quand elle sentait qu’on la regardait avec trop d’attention mais qu’en la pénétrant chevauchée elle n’a de cesse de t’enfoncer son regard de plaisir en ronronnant et griffant comme une féline en rut.

C’était notre ours Eddy – c’était son nom – un jour au lac, surgit de derrière un arbre une sorte de primate à la peau de cuivre, imberbe, qui marchait vers lui fascinée par son pelage couleur Coca-Cola. “Salut Eddy, on se retrouve enfin.”

-WTF ¿? … – se dit notre ours, et sans préambule la femelle commença à le sentir, comme si elle le reconnaissait après une longue absence. “Mmmmm … tu sens toujours aussi bon …” dit-elle, alors qu’il s’efforçait de se rappeler où ils s’étaient rencontrés, même s’il savait qu’elle avait raison. Elle semblait trop familière pour être une étrangère.

“Tu ne me reconnais pas? Je suis ton fantasme, quand tu rêves d’humaines. ” Bien sûr, c’était elle!

Une décharge électrique traversa la colonne vertébrale d’Eddy. Il la voyait clairement, entourée d’une aura diaphane qui la faisait ressembler à une chrysalide ambulante. Son parfum était fleuri, avec une touche de cannelle, qui finassait par lui envahir les papilles et l’arrière de la langue, chatouilla son nez, qu’elle reste, il voudrait la conserver … la bouche, la salive … que ce petit piquant reste là éternellement…mmmmm …

Comme sa peau et son miel. Que dire de son miel, “alors, là, c’est toute une autre chose!”

Tout était passé en alerte rouge dans sa mémoire olfactive et gustative: le goût de ce miel, son parfum … l’environnement lumineux de cet être, les reflets qui irradiaient depuis les courbes et les sphères de son corps marshmallow …

Il n’y a plus d’Eddy, émerge Edward … Eddy absent, Edward présente, celui qui s’affirme et se positionne, gestes sophistiqués et maniérés, mais paré pour sortir ses griffes et t’arracher la tête d’un seul coup.

Le fantasme était au courant de ce petit problème, néanmoins elle le connaissait et contrôlait les sécrétions en fonction des situations: plus d’endorphines, moins de fleurs, plus de cannelle, que le miel exhume une odeur presque enfantine, comme un souvenir d’enfance. Les effluves étaient dégagées par intermittence pour augmenter le désir, des petits tourbillons se propageaient dans l’air et enveloppaient Edward, qui plus il y goutait, plus cela lui donnait envie de continuer à lécher.

Il pourrait continuer à lécher jusqu’à lui peler la peau et déguster les minuscules gouttelettes de sang jaillissant comme des bulles … le reste de miel et le petit goût salé de fer, sa complète érection, l’urgence de pénétrer. Et elle, s’apprêtant à être possédée, pénétrée et dévorée … et PUUFF, se désagréger en descendant dans l’œsophage du rêveur d’origine.